Carta para Lucía…

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Por primera vez cuelgo en mi habitación una carta escrita para y no por Lucía, por supuesto, con permiso de su autor a quien antes debía un baile y ahora… debo mi agradecimiento por una de las cartas más hermosas que me ha escrito un amigo en toda mi vida. Hoy la Habitación Azul viaja en el tiempo…

A mi mejor compañero de juegos de la infancia, a ese que me recuerda de vez en cuando que sigo siendo, en esencia, esa niña pequeña que sonreía en “nuestra foto”.

Gracias por emocionarme con tus palabras. Gracias de corazón.

Mi amiga Lucía es pequeña, pero no me sirven las presentaciones de Patricia Conde a Ángel Martín para definirla. Es dulce, y cualquiera podría encontrarla en el contenido de un sobre de azúcar.

Mi amiga Lucía tenía ganas de vivir, por eso quiso desafiar al tiempo y presentarse casi al final del verano cuando las cuentas le esperaban para otoño. Escucha a Laura Pausini, pero dudo que La Soledad figure entre sus canciones favoritas. No llegó al mundo sola, compartió intimidad justo después de ganar la primera carrera. Pero aquel corazón fraterno no seguía el mismo ritmo de latido que ella. Desde entonces frente al frío mármol que resguarda al pequeño con nombre de rey, su madre cambia las flores que recuerdan que no vino sola.

A pesar de todo mi amiga Lucía no ve la vida en blanco y negro. Tiene una paleta de colores y va pintando los días del almanaque que le regaló su abuela Anita con distintos tonos. No se sabe donde cuelga el almanaque, pero lo conserva. Es, además, poseedora del un valioso baúl de recuerdos. De este puede sacar, cual Mary Poppins, un casete con los inicios de un trío de artistas que soñaba con emular a Parchis, una foto de dos “fueguitos” que juegan en el campo sin atender a las prisas y desconociendo qué es la Play Station, Wii, y otros juegos “made in Japan” de difícil pronunciación;, o puede sacar la mejor de sus sonrisas.

A mi amiga Lucía hace años que le regalaron su primer reloj. Lo necesitaba para calcular el tiempo y distancia de las diferentes paradas del tren en el que se montó con una estación de origen, Extremadura, y otra de destino, Andalucía. A su llegada el agua salada de una costera localidad almeriense decidió cambiar su nombre, y desde entonces la recuerda. De levante a poniente siempre tuvo un hueco en su agenda para los amigos y amigas. En la época estival poníamos a prueba la imaginación para inventar juegos. Tenía Barbies con sus repeinados Ken, Pin & Pon, cocinas, etc.. pero inventábamos las recetas médicas para hacer un improvisado consultorio, coleccionábamos los folletos de propaganda de Pryca y Continente antes de que éstos contrajeran matrimonio para después recortar los artículos de nuestro particular economato,,, mirábamos a nuestros mayores desde nuestra corta estatura, pero siempre con una sonrisa. Más tarde cambiaría de parada de tren acortando distancias.

Mi amiga Lucía tuvo cierto momento de paréntesis. La tarde de ese domingo de mayo en que Dávila Miura daba la vuelta al ruedo de la madrileña plaza de las Ventas, su familia sufría una irreparable cogida. Desde entonces Lucía mira con frecuencia al cielo, ese que viste del mismo color que su habitación.

Mi amiga Lucía podría haber escrito aquel No dudaría de Antonio Flores porque maneja bien la pluma y porque nunca le ha gustado la violencia. Tampoco el maltrato a los animales, cruel embestida. En el arca de Noé del abuelo Antonio acaricia conejos, ovejas, etc.. Podría decirle a su abuelo aquello de Las bicicletas son para el verano, pero sería un injusto castigo, ¿quién le acompañaría el resto de estaciones?

Desde hace algunos años a mi amiga Lucía le brillan los ojos de manera especial cuando mira a alguien. Comparte complicidad con él… y muchas más cosas de las que cuenta en su diario digital.

Podría nombrarla por su nombre de pila, pero me gusta Lucía.

A esa Lucía de nombre compuesto. La misma que es capaz de conservar una pizca de arena en el primer cajón de su mesita de noche, arena encontrada en el bolsillo derecho de su vaquero cuando vino de aquel viaje de la playa; a esa que es capaz de darle vida a una serie de diminutas diapositivas con las entradas del cine hasta conformar su propia película; a esa que aguanta bromas por muy pesadas que parezcan; a esa que se resiste a denunciar para evitar males mayores aún cuando las instantáneas de un día especial le fueron robadas; a esa Lucía que pinta la vida de colores y su habitación al compás de un color popularizado por Rubén Darío y Antonio Vega; a esa Lucía que quiere empezar a saldar deudas con el hombre recto que hace que sus ojos brillen; pero también con quién tenía la deuda de un baile; a esa que coge de la mano cuando escucha lo que le cuentas, a la que acepta ese abrazo como si un regalo fuera,

Pon el titulo tú que eres periodista.

P.D: Por estar ahí… está bien que hagas emocionar en bodas… pero de vez en cuando hay que sorprenderte a ti también.

Besos

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