
Yo quería ver siempre ese lado de la vida. Deseaba encontrármela así en cada amanecer: armónica, bella, llena de fuerza y de plenitud.
Yo quería una libreta de hojas infinitas en la que escribir sin parar. Una libreta de ilusiones renovadas, de sueños sin desgastar.
Yo quería no creer sólo en lo certero pues actuar siempre sobre seguro es de cobardes.
Yo quería volver a escuchar la carcajada de aquel niño desconocido que un día cualquiera puso magia en lo cotidiano; volver a aspirar el siempre maravilloso olor a tierra mojada que embriaga el ambiente tras un chubasco repentino; volver a ver los hoyuelos de tu sonrisa y volver a sentir esos fuegos artificiales que explotan en mi corazón cuando sin esperármelo te miro y veo en tus ojos que eres tú y sólo tu quien debe estar ahí.
Yo quería no rendirme nunca. Quería luchar diez, cien, mil, un millón de veces, antes de dar la razón a los ladrones de sueños. ¡Adelante, siempre adelante¡, como dice ese viejo poema que lleva años presidiendo desde la pared de una de las habitaciones de mi casa.
Yo quería sentir para siempre el reconfortante consuelo de tu abrazo y reconfortar a los que me quieren con los míos.
Quería seguir siendo tu Amelie particular, esa que monta en exclusiva un musical improvisado para ti en mitad de una de nuestras madrugada ( de esas que nunca quiero perderme contigo).
Querría tener cada mañana una idea extraordinaria y saber hacerla realidad.
Querría cantar muchas veces más esa famosa canción de los sesenta mientras conduzco y cinco personas más gritan al unísono “¡¡un rayo de sol¡¡”. Querría que siguieras siendo ese rayo de sol que alumbra cada uno de mis amaneceres.
Me senté en el centro del mundo y deseé todas estas cosas. Esta mañana encontré esa libreta de sueños repleta de hojas en blanco. Así que.. voy a empezar a escribir
